Hoy sentado acá en el campo me puse a pensar en la situación actual que están atravesando nuestros productores. Mirando un cultivo crecer, entendiendo cada etapa, cada riesgo y cada esfuerzo que hay detrás, es inevitable reflexionar sobre el momento que vive la Argentina y, sobre todo, sobre el lugar que ocupa el que produce. Porque si hay alguien que conoce de incertidumbre, de levantarse todos los días sin saber qué puede pasar, ese es el productor. Sabemos lo que ha sido producir y que tu producción no valga nada, sabemos lo que ha sido no tener mercados, sabemos lo que ha sido ver cómo el esfuerzo de meses terminaba dependiendo de un precio que no manejabas, porque en realidad es el mercado el que fija los precios, pero cuando tenés políticas explosivas y desordenadas, con inflación descontrolada y una economía que se rompe, los mercados dejan de funcionar con normalidad, el consumo cae, la demanda desaparece y el productor queda sin poder defender el valor de su producción. Sabemos lo que ha sido sentir que todo ese trabajo podía terminar en la nada. Sabemos lo que ha sido hacer números y que no cerraran, lo que ha sido sembrar con esperanza y cosechar con bronca, lo que ha sido tener producto y no tener a quién vendérselo o tener que malvenderlo. Y también sabemos lo que ha sido, una y otra vez, correr diez pasos por detrás de la inflación. Sabemos lo que ha sido pensar que todo ese esfuerzo fue tirado a la basura. Ahora debemos preguntarnos con sinceridad por qué nos pasó esto una y otra vez durante muchos años, porque para entender y para encontrar la cura hay que identificar la causa.
Y la respuesta no es casual ni aislada, es estructural. Durante mucho tiempo la Argentina funcionó bajo un esquema que generaba una ilusión en el corto plazo pero destruía valor en el largo. Gobiernos que gastaban muy por encima de lo que generaban, déficit fiscal constante, y una herramienta usada una y otra vez para tapar ese agujero: la emisión monetaria. Eso generaba un consumo artificial, una sensación de movimiento, de actividad, pero que en realidad no tenía respaldo real en producción. Esa “fiesta” se terminaba pagando siempre de la misma manera: con inflación. Y esa inflación no es un número en una planilla, es la que te licúa el precio que recibís, la que te sube los costos, la que te rompe cualquier cálculo, la que te deja sin referencia y sin mercado. Ahí es donde aparece la fórmula que explica todo esto y que vivimos durante años: gasto público excesivo → déficit fiscal → emisión monetaria → inflación → pérdida del poder adquisitivo → caída del salario real → aumento de la pobreza → más dependencia del Estado → más gasto… y otra vez el mismo ciclo. En ese contexto, producir se vuelve cada vez más difícil, porque no hay precios reales, no hay estabilidad, no hay horizonte.
Y hay algo más que también tenemos que decir con claridad, porque lo vivimos en carne propia. Durante muchos años convivimos con locuras inflacionarias que destruían el valor de nuestra moneda. Veíamos cómo los precios de los insumos, de los productos, de todo, se duplicaban en muy poco tiempo. Era imposible planificar, imposible proyectar, imposible trabajar con tranquilidad. Vivíamos corriendo atrás de los precios, siempre llegando tarde. Y eso no solo afectaba lo económico, nos afectaba como personas. Generaba estrés, ansiedad, desgaste, problemas de salud. Vivíamos con miedo a que el dólar se dispare y nuestras deudas se dupliquen de un día para el otro. Vivíamos con miedo a que la plata se nos evapore, que el esfuerzo de meses se deshaga de la noche a la mañana. Era una forma de vivir al límite, que a muchos nos terminó afectando en lo emocional y en lo físico.
Hoy ese escenario empieza a cambiar. Hoy vemos algo que hacía mucho no veíamos: estabilidad. Los precios dejan de moverse de manera descontrolada, empiezan a encontrar un orden, una referencia. Y eso, aunque parezca simple, es un cambio enorme. Porque permite volver a pensar, volver a proyectar, volver a tomar decisiones con un poco más de certeza. Y ese es el punto de partida de todo lo demás.
Hoy estamos frente a un cambio profundo de régimen económico. Se está intentando cortar ese ciclo desde la raíz, con una política clara: déficit cero, equilibrio fiscal, no emisión. Eso implica un reordenamiento fuerte de toda la economía, donde cada sector, cada actividad, incluso cada productor, tiene que reacomodarse, reinventarse, volver a encontrar su lugar en un esquema donde ya no hay consumo artificial empujado por emisión. Y eso, por supuesto, no es fácil. Genera tensiones, genera momentos duros, genera incertidumbre en la transición. Pero también es verdad que ese camino empieza a sentar las bases de algo que hace muchísimo tiempo no teníamos: una moneda sana, inflación bajando, reglas más claras.
Pero cuando uno mira el campo entiende algo fundamental: nada crece en el desorden. No hay producción posible sin reglas claras, sin previsibilidad, sin esfuerzo sostenido en el tiempo. La tierra no responde a discursos, responde a decisiones concretas. Y un país funciona igual. Si seguimos alimentando ese espiral que termina siempre en más pobreza, vamos a seguir obteniendo el mismo resultado. Ahora, si cambiamos las condiciones, si ordenamos las cuentas, si respetamos el trabajo y dejamos de castigar al que produce, el resultado también cambia.
Hoy Argentina está en un punto de inflexión. Venimos de años donde producir era cada vez más difícil, donde el esfuerzo no tenía recompensa y donde el sistema empujaba siempre al mismo resultado. Pero también estamos empezando a ver señales distintas, un intento de ordenar lo que durante tanto tiempo estuvo desordenado. Falta muchísimo, el camino es largo y nadie puede negar que es duro, pero también es cierto que por primera vez en mucho tiempo se está discutiendo lo esencial: cómo hacer para que producir vuelva a tener sentido.
Y mientras sigo mirando ese cultivo, entiendo algo simple pero profundo: el campo te enseña que los procesos llevan tiempo. No hay magia, no hay atajos. Hay trabajo, hay decisiones, hay paciencia. Sembrar bien, cuidar, aguantar, y confiar en que, si las condiciones acompañan, el resultado llega. Argentina tiene todo para salir adelante, tiene tierra, tiene gente, tiene conocimiento, tiene potencial. Lo que necesita es dejar de repetir los errores que nos trajeron hasta acá.
La pregunta ya no es si podemos salir adelante. La pregunta es si vamos a tener la decisión de hacerlo en serio, de sostener el rumbo, de no volver atrás. Porque el productor ya demostró mil veces que está dispuesto a hacer su parte. Ahora le toca al país estar a la altura. Y también le hablo a esa gente que hoy duda, que siente que hoy estamos mal, los entiendo, entiendo que no es fácil comprender la economía, comprender lo que nos pasó y lo que nos llevó a este lugar. Pero también les digo algo: en realidad estamos a punto de estar bien. Seamos capaces de mirar el futuro sin perder la memoria del pasado. No nos quedemos solo con lo inmediato ni reaccionemos únicamente con el bolsillo en el corto plazo. Tampoco confiemos ciegamente en sensaciones o relatos instalados, aferremosnos a los datos, porque los datos y la matemática son lo único que no miente. Y hoy los datos empiezan a mostrar un cambio, empiezan a jugar a favor. Sabemos que no es fácil sanear una economía, que cortar el problema de raíz implica tomar un remedio que al principio es amargo, pero también sabemos que después llega el rebote, el crecimiento, y con eso se abre un abanico enorme de oportunidades. Aprendamos de la historia, porque un país que no la conoce está condenado a repetirla, y nosotros ya repetimos demasiadas veces los mismos errores hasta quedar al borde del abismo. No volvamos a ese lugar. Mantengamos firme la convicción de crecer, de producir y de salir adelante. De eso se trata. Y este es el único camino.
Walter Javier Detzel
Productor agrícola
El messi de las sandías

